Posdata, Quijote

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Imitación del boceto de Picasso en pizarra dibujado con marcador por una estudiante antes del comienzo de clase, una tardecita de enero

Cuando le contaba al Negro del frío de Winnipeg o de los osos hambrientos de Sudbury me decía, “qué boludo, qué hacés ahí, por qué no volvés y te dejás de joder”. Yo me aconsejaba lo mismo cuando quemaban las papas, o más bien, cuando se congelaban. También cuando empecé a dar literatura.  

Leer con estudiantes subgraduados que no dominan el castellano libros como El Quijote parece un sin sentido. Se teme la mirada vacuna del alumno que desconcierta al profesor no porque no le interese la literatura sino por la imposibilidad de cualquier comunicación. Entonces aparece el “¿qué hago aquí? ¿A quién pretendo redimir?

Pero mis goces del Quijote pasaban por alto las limitaciones de los alumnos. También la coacción del programa que consistía en que para graduarse era necesario anotarse en el curso.

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A mí me bastaban los fascinantes hallazgos y novedades descubiertos en cada relectura; y constituía una delicia observar qué quedaba del libro en los matriculados. Quién sabe por qué misterio los estudiantes se sometían a un clásico de unas 1.100 páginas en un idioma extranjero que no concordaba con el lenguaje contemporáneo de ningún país de habla hispana.

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Los primeros días volvía desmoralizado a la oficina porque tres cuartos de los estudiantes, o más, no solo no dominaban el castellano sino que no habían leído una novela o un mísero libro cualquiera, en castellano o en inglés, jamás. “Excelente momento”, les comentaba, “para familiarizarse con el concepto de ficción.”

La desazón duraba un par de semanas. Después nos estabilizábamos y – salvo los que venían siempre con cara de zapallito amargo – la mayoría ya no me miraba vacunamente. Reían a rabiar con el yelmo de Mambrino y el bálsamo de Fierabrás. Descubrían una protofeminista en la historia intercalada de Marcela. Se asombraban de la sabiduría de Sancho, de la testarudez de Don Quijote y de la amistad forjada en acero entre el caballero andante y su escudero. Se esforzaban por apreciar la belleza real de la imaginada Dulcinea. Querían sentir el costillar de Rocinante bajo sus talones como el Che Guevara o tener un sitio en la montura como León Felipe. Se enternecieron por el Rucio y Clavileño y reprobaron al Caballero de la Blanca Luna de Sansón Carrasco quien con su malhadada victoria consiguió que el par manchego regresara al terruño y así los privara de más aventuras y jolgorios. Contestaron en exámenes, con ejemplos y todo, sobre metaficción en El Quijote (ni yo entendía bien de qué se trataba ese término finolis de la crítica literaria ochentista). Lloramos junto a Sancho, el Cura, el Barbero, el Ama y la sobrina cuando el bueno de Alonso Quijano recuperó la cordura, pero a costas de la muerte y el deseo. Todo por culpa de un tal Avellaneda que pretendió robar la paternidad a Cervantes de su hijastro inolvidable.

Ante estudiantes que progresan y aprecian así no queda más que sacarse el sombrero.

Es lo principal que me llevo y lo que más echaré de menos.

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